
es la memoria selectiva, la herida abierta, la que recuerda a través de los sabores, la que no come con extraños, la agazapada.
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pandora está recostada sobre su brazo derecho en la mesa del comedor, con el lápiz negro en la boca, mordiéndolo hasta marcarlo.
frente a ella, pero lejos de su mirada, el cuaderno de tareas.
debe resolver unas fracciones y la resistencia que le despierta.
tiene, entonces, dos problemas.
busca imaginar la utilidad que le reportará en el futuro y no la encuentra.
la resistencia doblega al deber.
muerde con más fuerza hasta despegar la pintura negra.
tiene gusto a madera en su lengua y lo disfruta.
pandora transita el camino lateral de la distracción.
lo conoce de memoria, con sus rectas y curvas.
se ve sentada a la orilla del arroyo la sesteada, emprolijando una rama pequeña en forma de Y.
hará con ella una gomera, que jamás usará, pero será su pasaporte para acercarse a él, sentado sobre los fardos que fueron encimados en el galpón, con obsesiva simetría. (con ellos construiremos una choza; le prometió una vez, tocando el techo de zinc caliente)
el verano huele a alfalfa y barro.
pandora regresa a las fracciones: que la torta y las porciones, que me como tres y cuántas quedan, que la mandarina y los gajos, y no resiste la tentación: agua en la boca que licua el resabio de pino.



