
viernes 19.55 de primavera con frío.
podría escribir malena camina a pasos agigantados el tramo que la separa de la ficción.
lo diré de otro modo: caminé desde casa hasta el cine, y pedí, por primera vez, una sola entrada.
no se trataba sólo de comprar por primera vez, sino además, de decidirme a ocupar una butaca sin conocido a mi lado, con quien compartir aunque más no sea el chocolate obligado de la función.
podría escribir: malena se acomodó decidida en su ubicación.
yo no.
entré en la sala 16, me senté en cualquier sitio -poco importaba respetar numeraciones y letras cuando éramos sólo 4-, y me llamó la atención que pasaran el detalle de música y agradecimientos.
la sorpresa fue mayor cuando encendieron las luces y un par de señoritas comenzó la limpieza, mirándome extrañadas comer tranquilamente el chocolate.
cuándo empieza, pregunté?
qué?
la película.
ha finalizado.
fue entonces cuando advertí que había errado de sala.
salí eyectada hacia la de al lado, que tenía menos público, inclusive.
podría decir, malena fijó los ojos, feliz, en la pantalla.
en cambio, bastaron unas pocas letras y los acordes iniciales para justificar el llanto acumulado en meses.
y sí, lloré por lo que fui, soy y seré, y por las dudas, por todas las que me he privado de ser, también.
entre suspiro llorón y suspiro profundo, la pantalla me devolvía imágenes de ensueño.
la música completaba el cuadro, endulzándome el alma.
el velo pintado -o, del otro lado del mundo- pasaba por la pantalla, mientras mis ojos descorrían, de este lado, otro velo, y me mostraban que toda primera vez sabe a lágrima salada.
y caí en la cuenta, que el protagonista tenía una mirada tan perfectamente dulce, que malena lo hubiera amado, sólo por esa mirada en la que él decide dar comienzo al amor, y concretar el milagro.
por eso, arriba está su rostro.
buenas noches, esperando el milagro.



