
Todo hacía pensar que esa ciudad estaba condenada a desaparecer por la acción lenta e impiadosa de la humedad.
Los gotones pegajosos caían por las paredes y dejaban las veredas con sensación de haber sido recién baldeadas con una mezcla de agua y aceite.
Ni siquiera la desventura climática la atemperaba.
Malena se levantaba al alba sin despertador, corría a ducharse con agua fría -se había quemado el calefón hacía meses y nadie se dignaba a arreglarlo en la pensión de mala muerte- y se abrigaba como para ir al polo: medias largas, doble camiseta, polera, pulover de lana virgen tejido a mano con el dibujo de ochos adelante, guantes con corderito adentro, bufanda, tapado y para que las ideas no se congelaran, un gorro haciendo juego con el pulover.
Entre tanto ropaje asomaban sus ojos marrones con pestañas larguísimas -sí, son mías, sólo las estiro con algo de rimel.
Cruzaba el boulevard de las tipas de copa grande, con unos apuntes de filosofía a los que había puesto un membrete que daba cuenta sólo de su nombre y una advertencia: teléfono no tengo, así que en caso de extravío, dejarme en el centro de estudiantes.
Le gustaba la puerta lateral de la facultad, porque se veía sola y caminaba sin apuro ni preguntas hasta el aula.
Se sentó en la silla de fórmica con mesita delante, apoyó el apunte y frotó sus manos.
Alguien asomaría su presencia a la altura del hombro para insinuarle, si te extraviás y te encuentro, no te devuelvo.
Unas horas más tarde compartirían un chocolate caliente.
Unas décadas hacia adelante, sin más antecedentes que cariños desencontrados y el contacto efímero de manos, se citaron, se recordaron, y desde otra mirada, se vieron profundo.
No quedaron cuentas pendientes y no se me ocurre nada más, que reír con los tres chiflados, que ellos miraban a la tarde mientras repasaban los apuntes del extravío.