Por dónde empezar?
Vayamos al comienzo, cuando prendiste el cigarrillo y no me habías advertido. Yo estaba en la entrada del bar, y tu mirada recorría las vueltas del humo. Entonces no recuerdo si vi tus ojos grises o verdes, pero me quedé un momento en ellos. Brillaban, como sólo lo hacen los que esconden pensamientos místicos. Me estremeció espiar, desde un ángulo intangible, cómo conquistabas la vida. Si no hubiera sido porque llegó tu tónica con hielo y te arrastró al aquí y ahora, hubiese permanecido allí hasta que agotaras el recorrido de todos los pensamientos, que transitaron los décadas de tu cuerpo.
Tus ojos abandonaron el humo. Me tenías de frente acercándome a tu mesa. No sabías cómo llamarme –yo te dije, tampoco es importante- y me senté del otro lado, con el ventanal de fondo. El tiempo, el vuelo, el corazón, el alma, tus gafas, mi pelo, y otra vez el tiempo pero no nublado, sino el transcurrido desde aquél entonces hasta hoy.
Los despojos, dijiste, yo te corregí, los recuperos, y al fin, pronunciaste, como siempre, "en fin", e intentaste prometerle a tu boca una sonrisa.
Te tomé las manos, aquellas que hicieron el milagro: que la palabra cobrara sentido, y apoyé mi rostro en ellas, para llorar por lo que fue y buscar consuelo para olvidar.
Moviste tus pies hacia los míos y los resguardaste. Acariciaste mi pelo y con la servilleta de papel fuiste secándome la cara.
Del otro lado de la ventana un niño jugaba a los tejos, y nos miraba de reojo. Tal vez quería enseñarnos.
En fin… fuiste vos quien más habló, yo me quedé en tus manos, en tus dedos largos y flacos que debieron augurar un pianista en el sueño de tu madre, en las pausas de tu acento.
Me había jurado no morir sin seguir tu sombra de cerca, y esa tarde de septiembre, no fue de cerca, sino confundida, camino hacia una plaza cualquiera, donde finalmente volverías a repetirme lo que antes fue un presagio: no te dejaré sola, mientras todos los poetas te asistían. Con el pañuelo de mi cuello, vendaste los ojos del ángel: la envidia podía alejarlo de su destino inmaculado.
Allí demarcamos nuestro lugar en el mundo: el paraíso merecido después de tanto purgatorio.
Vayamos al comienzo, cuando prendiste el cigarrillo y no me habías advertido. Yo estaba en la entrada del bar, y tu mirada recorría las vueltas del humo. Entonces no recuerdo si vi tus ojos grises o verdes, pero me quedé un momento en ellos. Brillaban, como sólo lo hacen los que esconden pensamientos místicos. Me estremeció espiar, desde un ángulo intangible, cómo conquistabas la vida. Si no hubiera sido porque llegó tu tónica con hielo y te arrastró al aquí y ahora, hubiese permanecido allí hasta que agotaras el recorrido de todos los pensamientos, que transitaron los décadas de tu cuerpo.
Tus ojos abandonaron el humo. Me tenías de frente acercándome a tu mesa. No sabías cómo llamarme –yo te dije, tampoco es importante- y me senté del otro lado, con el ventanal de fondo. El tiempo, el vuelo, el corazón, el alma, tus gafas, mi pelo, y otra vez el tiempo pero no nublado, sino el transcurrido desde aquél entonces hasta hoy.
Los despojos, dijiste, yo te corregí, los recuperos, y al fin, pronunciaste, como siempre, "en fin", e intentaste prometerle a tu boca una sonrisa.
Te tomé las manos, aquellas que hicieron el milagro: que la palabra cobrara sentido, y apoyé mi rostro en ellas, para llorar por lo que fue y buscar consuelo para olvidar.
Moviste tus pies hacia los míos y los resguardaste. Acariciaste mi pelo y con la servilleta de papel fuiste secándome la cara.
Del otro lado de la ventana un niño jugaba a los tejos, y nos miraba de reojo. Tal vez quería enseñarnos.
En fin… fuiste vos quien más habló, yo me quedé en tus manos, en tus dedos largos y flacos que debieron augurar un pianista en el sueño de tu madre, en las pausas de tu acento.
Me había jurado no morir sin seguir tu sombra de cerca, y esa tarde de septiembre, no fue de cerca, sino confundida, camino hacia una plaza cualquiera, donde finalmente volverías a repetirme lo que antes fue un presagio: no te dejaré sola, mientras todos los poetas te asistían. Con el pañuelo de mi cuello, vendaste los ojos del ángel: la envidia podía alejarlo de su destino inmaculado.
Allí demarcamos nuestro lugar en el mundo: el paraíso merecido después de tanto purgatorio.
into the mystic 