sábado 29 de noviembre de 2008

Amor en fuga (bosquejo)

Der Himmel über Berlin

Capítulo primero.
No pudo decir palabra y sólo atinó a besarla para liberar tanto silencio que lo arrastraba lejos, bien lejos de allí, allí es donde debían encontrarse, en el límite del desierto, del otro desierto, al que se llega después de atravesar todos los mares y las otras aguas, todas las tierras, todos los cielos, el lugar que eligieron y que tantas veces imaginaron, el lugar de la pista, allí justito harían lo debido, así se lo juraron, podía ser en la escalinata o bajo los aviones, pero no había dudas, que ese era el sitio, en el altar de consumación de los anhelos.

Él ya había abandonado esa pista, y ahora la besaba, una y otra vez, acercando y alejándole el rostro, como comprobación, pura experimentación, en fin… puro realismo que abandona la magia. No la besaba con la dulce levedad de lo esperado, sino con la violenta decepción de haber caído en la cuenta de una verdad distante y ajena, y ella, quietita, soñaba con volver a la leyenda que hizo de prólogo a ese día, y no podía, no podía, la leyenda se le escurría entre los dedos como agua bendita de la pila baustismal, si esa en la que metió mano cada domingo de la infancia para santificarse, y ahora no había santo que la salvara. Los ojos cruzaban las miradas, y ninguno de los dos sabía adónde había ido a parar aquél “por dónde empezar” que alguna vez él escribió, y dónde cayeron los tejos, y dónde se escondió para siempre el ángel guardián, probablemente furioso de esta humanidad ingrata.

Ella destrabó sus brazos de la ligazón forzada, levantó su mano para acariciarle el pelo y traer calma a la desazón; que se vaya el silencio, decía para adentro, pero la palabra no sonaba, que se vaya la extrañeza, pero cuanto más se acercaban sus cuerpos, más se distanciaban las almas. Por qué, por qué, lloraba en la sinrazón, por qué por qué resignar la tierra prometida antes de haberla pisado, y él se escapaba y no podía escucharla y ella, entonces, con un jarrito, regaba las plantas de un balcón, pasaba su mano por las sábanas, encendía velas, cuando todos los fuegos se habían consumido, y eran dos existencias a oscuras.

Sola, solita y sola, un dos tres y solita otra vez, balbucea la niña que fue y se desarma de tristeza.
El le había prometido "no te dejaré sola", y ella se aferró al juramento, no al amor, al juramento, no más avenidas sin nombre caminando sola, nunca más ocuparía el lugar de la miserable volviendo de un museo del que nada lograba recordar, no más esa nada, no más. Y como si aquella promesa estuviera sentenciada a no ser, ella se encontró sola, y él seguramente también, y eran dos soledades sin punto de contacto, sin cruzarse, dos eternas paralelas de un universo caótico y mezquino.

Desde la ventanilla de un tren que parece volar, se ven los campos franceses todos amarillos, ella piensa que amarillo debió ser el color que elegió el amor, y chocolate el gusto, y se apoya sobre el hombro de su Ulises, mientras se cantan al oido –si los dos cantan-, y los amarillos se multiplican como los besos. Son otros besos, son otros cantares, son otros sabores, son otros cuerpos, son otros amores, son otros. Pero ella, que fue otra, entonces pensó esta vez sí me desarmo porque no es necesario andar por la vida con la guardia alta, que el peligro ya no existe. Y ese fue el antes, y todas las naves de la esperanza fueron una a una quemadas porque así debía estar escrito, se dijo, a modo de consuelo, y lo aceptó, a puro desgarro, pero lo aceptó.

Sin amarillos, sin pistas, sin música, sin velas, sin flores por regar, sin nada de nada, ella se sienta sobre una esquina del recuerdo y piensa que el amor se esconde en algún sitio del jardín, que deben levantarse todos los árboles y las flores, que no es posible contrariar la naturaleza de este modo, pero deja la pala a un costado, no cavará, se acuesta sobre el pasto, y dice, "gurisita dejá ya de llorar", y corta un par de flores silvestres rosadas y mínimas, las mismas que recogía para su abuela, esas, igualitas, con las que armaba un ramillete minúsculo, suma florcitas, suma lloros, y la gurisita por dentro se desarma otra vez, todita de tristeza, y reconoce el fin del combate.

lunes 24 de noviembre de 2008

Punto muerto


Abrimos la boca y congelamos la respiración. No estaba escrito, pero ocurrió.
Todo pasó, todo se movía, y nosotros permanecíamos quietos. Sólo por un momento regresó el alma al cuerpo, y cabalgó al ritmo de la balada del hombre delgado, o cualquier otra. Y los ojos se vaciaron de humo, y las manos tuvieron calor y supe que en el paraíso se sienten risas si la tuya retumba en la tierra. (vos valés un imperio).

Closing time, cuando los tiempos aún eran benévolos con Cohen, y también sonreía, seguramente pensando que su noche sabía a mujer, porque el amor inspira, porque el amor expira.

domingo 16 de noviembre de 2008

Luz y tristeza

obra de William Turner

(a Gigi, mio caro cugino: sempre vicino a me)

"eres como las vetas de la montaña que se ve desde mi ventana. Una mezcla de luz y tristeza, melancolía, más precisamente. Tus ojos son un paisaje de Turner."

-Describime, le pidió para entenderse, desde otro ángulo.
Y aquella fue la respuesta que obtuvo.

La escuchó, buscó Turner en el Google y se enfrentó con la imagen que proyectaba en el ojo ajeno: el color seco, el mar bravío, la furia agazapada, la luz, la tristeza desbordante.
-Pero me río.
-Sí, pero a veces te reís triste. Tu boca hace el movimiento que tus ojos contradicen. Ella es el vértice bendito del triángulo sobre el que se apoya la serenidad, que tu mirada baña y arrasa.
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Aunque me arrancaras los ojos, me cosieras la boca, me amputaras las manos, me taparas la nariz, me cubrieras los oídos, mi corazón desincronizado podría ver, saborear, tocar, oler y escuchar el destino de mis pasos que se alejan y se alejan.
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Música para dibujarme, Sakamoto, otra vez. Rain.
Y para acompañar la lectura de Océano Mar (de Alessandro Baricco), que está esperándome en mi mesita de luz, escucho algo de su texto en boca de dama.
Otro domingo para los sentidos y para encontrar el sentido también. Para decirte que podés llamarme pini o por mi nombre, María, pero sólo hacelo con cuidado o apartate, que no estoy para más zozobra.
"Amén. Lo primero es mi nombre..." (Alessandro Baricco), aunque sea lo último que mencione.

domingo 9 de noviembre de 2008

Domingo con la voz de Cortázar

La red tiene sus maravillosas sorpresas, y a los buscadores de tesoros nos suceden encuentros impensados. El mismo imponderable que días atrás marcó un cambio de rumbo en el derrotero planeado, hoy me llevó a desviarme de Ítaca y caer en un sitio desconocido: sueños a pila.
Ya los sueños son una delicia, si los atravesamos sabiendo que los ojos cerrados conllevan su riesgo. Pero sin el riesgo, dónde estaría la delicia?
Vamos, Cortázar en vivo y en directo de la mano de Diego Passamonte, como dulce de leche en tarde de domingo.
Diego, merci.

Transcribo sólo algunas palabras de aquello que Cortázar lee y que tomé prestadas del post enlazado, pero porque es él quien las pronuncia, mejor ir a la fuente haciendo un click allí arriba.
"...pero nosotros tía ¿cómo haremos?¿cómo nos daremos cuenta de que hemos recaído si por la mañana estamos tan bien tan café con leche y no podemos medir hasta donde hemos recaído en el sueño o en la ducha y si sospechamos lo recadente de nuestro estado ¿cómo nos rehabilitaremos? hay quienes recaen al llegar a la cima de una montaña al terminar su obra maestra al afeitarse sin un solo tajito no toda recaída va de arriba abajo porque arriba y abajo no quieren decir gran cosa cuando ya no se sabe dónde se está probablemente. Icaro creía tocar el cielo cuando se hundió en el mar …. y Dios te libre de una zambullida tan mal preparada tía ¿cómo nos rehabilitaremos?..." (Julio Cortázar, Me caigo y me levanto)

sábado 8 de noviembre de 2008

Día insultante

He pasado días maravillosos en mi vida, pero éste no ha sido uno de ellos. Intento consolarme con la idea de que me servirá como muestra para diferenciar lo que quiero de aquello que debo evitar. Tanto muestreo me está convirtiendo en eximia clasificadora.
Puto día, sin el más mínimo placer. Por suerte, tiene 24 horas, y queda menos de una para cambiar de número y desear que mañana pinte más claro.

La única razón que me lleva a contener insultos varios es la cortesía, educación y conciencia de que no se puede pagar tanto en psicoanálisis y ser una puta inadaptada, pero hoy he perdido (la conciencia) así que ni siquiera me autoprovocaré, porque tengo todo el diccionario malapalabrero completo en la punta de mi lengua. La dejaré tranquila, antes de mandar a la puta madre a todo aquel que se me cruce.

Hay días en que sólo la palabra puta puede ilustrar cómo me siento. Y no es el caso de la puta feliz, de la gran puta, o de puta madre!, sino de modesta putería que me deja entre la desazón y el aburrimiento.

Listo, a maquillarse, calzarse y salir a una librería casi a las 12 de la noche, pero antes, una pequeña debilidad que tengo, Xavier Velasco: "Siempre consideré a las putas como hermanas. El lado oscuro de una puta y el de un poeta son muy parecidos. Mi desafío como escritor empezó una noche en un cabaré del DF, cuando una mujer me preguntó "qué haces en la vida". Yo le dije "escribo, cuento cosas". "De quién". "De gente como tú". "¿Y tú te crees que tú podrías escribir sobre mí?". Me di cuenta de que no, y de que eso era precisamente lo que quería hacer en la vida." (para leer más del reportaje, clickeá acá)

martes 4 de noviembre de 2008

Los tiempos del sembrador


Los imponderables pueden jugar una mala pasada, y de eso se trata la sal de la vida: que se nos escapen las previsiones, y que nada termine saliendo según los planes pensados, diagramados, inclusive con escapatorias alternativas, trazadas con lápiz de mina blanda, y anotaciones marginales. El movimiento imperceptible de una pieza, genera un caos en el proyecto original, en el que la genialidad parecía dominar el escenario.

El esquema vuela en pedazo por el aire. Uno, atónito, observa, que ya no podrá dar el gran asalto, ni el gran salto. El precipicio se acerca y mientras una pulsión empuja hacia adelante, otra más fuerte y sublime, nos muestra caminos alternativos, que, sin esconder ningún plan, resultan ser tierra firme.
Ahí nomás, alguien está arando para sembrar lino. Con el rostro mojado de sudor y semilla, el sembrador va esparciendo ilusiones que algún día serán azules, y mirará al cielo para que llueva cuando finalice su tarea, y no antes. Que el agua sea la justa, y el sol tibio, para que, apenas, eleve la temperatura de la tierra desgranada, la semilla rompa su cáscara y comience su ciclo para convertirse en una vida, que aunque no lleve compañía de príncipe, será azul.

El hombre tiene sus manos aferradas al volante de la sembradora y los ojos recorren el terruño y el cielo. La mirada se le va llenando de los colores del deseo y refleja su único propósito, su plan sin garabatos, su ilusión, la razón de su existir: que el lino florezca azul.

Ilya Prigogine, en El fin de las certidumbres, nos dice "Es sabido que Einstein aseveró a menudo que 'el tiempo es una ilusión' . Y en efecto, el tiempo - tal como fuera incorporado en las leyes fundamentales de la física desde la dinámica newtoniana clásica hasta la relatividad y la física cuántica- no autoriza ninguna distinción entre pasado y futuro. Todavía hoy y para numerosos físicos la siguiente es una verdedaría profesión de fe: en el nivel de la descripción fundamental de la naturaleza no hay flecha del tiempo."

El sembrador no conoce a Newton y menos a Prigogine, pero sabe que el tiempo es una ilusión, porque la parcela de tierra, que es su vida, si se cumple el mínimo esquema de lluvias y soles, se volverá azul y lo colmará de esperanza.
Ando buscando parcela y semillas.