Der Himmel über BerlinCapítulo primero.
No pudo decir palabra y sólo atinó a besarla para liberar tanto silencio que lo arrastraba lejos, bien lejos de allí, allí es donde debían encontrarse, en el límite del desierto, del otro desierto, al que se llega después de atravesar todos los mares y las otras aguas, todas las tierras, todos los cielos, el lugar que eligieron y que tantas veces imaginaron, el lugar de la pista, allí justito harían lo debido, así se lo juraron, podía ser en la escalinata o bajo los aviones, pero no había dudas, que ese era el sitio, en el altar de consumación de los anhelos.
Él ya había abandonado esa pista, y ahora la besaba, una y otra vez, acercando y alejándole el rostro, como comprobación, pura experimentación, en fin… puro realismo que abandona la magia. No la besaba con la dulce levedad de lo esperado, sino con la violenta decepción de haber caído en la cuenta de una verdad distante y ajena, y ella, quietita, soñaba con volver a la leyenda que hizo de prólogo a ese día, y no podía, no podía, la leyenda se le escurría entre los dedos como agua bendita de la pila baustismal, si esa en la que metió mano cada domingo de la infancia para santificarse, y ahora no había santo que la salvara. Los ojos cruzaban las miradas, y ninguno de los dos sabía adónde había ido a parar aquél “por dónde empezar” que alguna vez él escribió, y dónde cayeron los tejos, y dónde se escondió para siempre el ángel guardián, probablemente furioso de esta humanidad ingrata.
Ella destrabó sus brazos de la ligazón forzada, levantó su mano para acariciarle el pelo y traer calma a la desazón; que se vaya el silencio, decía para adentro, pero la palabra no sonaba, que se vaya la extrañeza, pero cuanto más se acercaban sus cuerpos, más se distanciaban las almas. Por qué, por qué, lloraba en la sinrazón, por qué por qué resignar la tierra prometida antes de haberla pisado, y él se escapaba y no podía escucharla y ella, entonces, con un jarrito, regaba las plantas de un balcón, pasaba su mano por las sábanas, encendía velas, cuando todos los fuegos se habían consumido, y eran dos existencias a oscuras.
Sola, solita y sola, un dos tres y solita otra vez, balbucea la niña que fue y se desarma de tristeza.
El le había prometido "no te dejaré sola", y ella se aferró al juramento, no al amor, al juramento, no más avenidas sin nombre caminando sola, nunca más ocuparía el lugar de la miserable volviendo de un museo del que nada lograba recordar, no más esa nada, no más. Y como si aquella promesa estuviera sentenciada a no ser, ella se encontró sola, y él seguramente también, y eran dos soledades sin punto de contacto, sin cruzarse, dos eternas paralelas de un universo caótico y mezquino.
Desde la ventanilla de un tren que parece volar, se ven los campos franceses todos amarillos, ella piensa que amarillo debió ser el color que elegió el amor, y chocolate el gusto, y se apoya sobre el hombro de su Ulises, mientras se cantan al oido –si los dos cantan-, y los amarillos se multiplican como los besos. Son otros besos, son otros cantares, son otros sabores, son otros cuerpos, son otros amores, son otros. Pero ella, que fue otra, entonces pensó esta vez sí me desarmo porque no es necesario andar por la vida con la guardia alta, que el peligro ya no existe. Y ese fue el antes, y todas las naves de la esperanza fueron una a una quemadas porque así debía estar escrito, se dijo, a modo de consuelo, y lo aceptó, a puro desgarro, pero lo aceptó.
Sin amarillos, sin pistas, sin música, sin velas, sin flores por regar, sin nada de nada, ella se sienta sobre una esquina del recuerdo y piensa que el amor se esconde en algún sitio del jardín, que deben levantarse todos los árboles y las flores, que no es posible contrariar la naturaleza de este modo, pero deja la pala a un costado, no cavará, se acuesta sobre el pasto, y dice, "gurisita dejá ya de llorar", y corta un par de flores silvestres rosadas y mínimas, las mismas que recogía para su abuela, esas, igualitas, con las que armaba un ramillete minúsculo, suma florcitas, suma lloros, y la gurisita por dentro se desarma otra vez, todita de tristeza, y reconoce el fin del combate.



