Mar y cielo se unen lejos, hasta donde la vista se atreve. Azules que se ensamblan y confunden, que se intercambian con las horas. La amalgama se rompe con la isla que se eleva enfrente, puro verdor iluminado cuando la arena se enfría. Yo pensé que era la luna, pero me enseñaron que son luces. Luces que le dan vida a la sombra de la isla, luces que se tienden en el medio de un mar manso y oscuro en noches sin luna, y en el que mis pensamientos zozobran. Ellos escogen el destino en senderos imaginarios y se llevan los sueños, los que fueron y aquellos que se moldean sin premeditación con sabor salado en la boca.
Mar en los ojos. Mar en la lengua. Mar que rodea y ahoga. Mar que devora las notas, las letras, las palabras, los significados, y se hamaca en un son imponente y sordo. Aturde, envuelve y trae, arrojándome a la orilla de todas las verdades en un escalofrío.
¿Dónde queda el paraíso cuando mis ojos convocan todas las aguas, y se vacían los ríos, y los mares quedan desiertos? Entonces, ¿por dónde navega
Ulises para
rescatar la última ilusión de la batalla y el triunfo, de una
Ítaca que ha soñado y ya no existe?
Nunca llegué a la isla, está entre los pendientes, entre aquello que se mantiene como deseo latente y tranquilo en un listado de prioridades caóticas e
indecisas.
Otra vez. Nada permanece excepto el amor, y se alza con el recuerdo; divinidad que cubre la espaldas del héroe en la travesía de la vida, y da abrigo en la madrugada cuando cae el rocío en cualquier sitio que no sea casa. Y pone tabaco puro en mi boca. Hebras y hebras y hebras, que tejen la historia y mastico despacio para comerme el amor, para que no se vaya nunca aunque ya no esté.