No nos observemos. No nos arrojemos. No advirtamos que hemos quedado solos, con un mar innavegable y ajeno. Seamos miradas paralelas hacia un abismo salado, que se acerca, se inhala, se llora, se traga. Un abismo de piedras y sales, que, quizá, estaba ya en el prólogo de la historia, pero ahora es todo el epitafio.
Algo se hace espuma, se quiebra en la rompiente y se pierde. Nosotros mirábamos lejos, porque lejos estaba Itaca, y hacia allí nos dirigíamos, como destino de la travesía de un amor aventurado y desacompasado, que no supimos escuchar.
Hoy me pregunto cuál era tu concepto de métrica, cuál la medida de tu tiempo. Sangrando vengo a descubrir que entre tantas vidas, la tuya se desovillaba en sentido inverso. Y por eso fuimos las dos agujas de un mismo reloj, que giraban contrapuestas y el encuentro, tan efímero, tan furtivo, tan robado, nos condujo al laberinto donde la soledad se sienta en la cabecera de la mesa y pone el sello definitivo.
Paso mi lengua para mojar el sobre, que contendrá mis letras, de un adiós que se impone.
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Escúchame, gata, que ya he agotado una vida contigo, y me llama otra, y es que "el amor es un algo sin nombre", que se me antoja hoy con ritmo de tango y aprenderé su paso, porque cada dos por cuatro, Itaca reaparece: ya no hay tiempo que perder.
Aquí te dejo, y me llevo las vidas que me quedan, y vete desandando la sumatoria, que el 14 fue pura imaginería, y en el recupero, no divido ni resto, sólo retiro lo que es mío.
«Amor es el pan de la vida,
amor es la copa divina,
amor es un algo sin nombre
que obsesiona a un hombre por una mujer»

