
"Uno debe rodearse de objetos de emoción poética", acostumbraba a decir Roberto Burle Marx.
En mi vida, la emoción poética la producen mis tres hijas, que son mi mejor obra, mi mejor retoño.
Ir y venir por los recovecos del legado de Burle Marx, paisajista, pintor, músico, artista íntegro, nacido en Brasil, oxigena el día. Su obra nos transporta, mirada a mirada, pisada a pisada, desde la pintura a la botánica, en tensión emotiva permanente.
Cada árbol, cada flor, cada espacio, lo diseñó pensando en un futuro sin su presencia. Gesto de amor sublime.
Para aquellos que se nos da por andar metiendo mano en la tierra, sembrando cuanta semilla se nos cruce, plantando árboles, haciendo injertos, podando, curando, removiendo, y quedándonos sin emitir sonido frente a la nueva hoja que largó el limonero, vale la pena descansar unos minutos, y recorrer el Sitio, lugar que habitó Burle Marx situado en la Barra de Guaratiba, en las afueras de Río de Janeiro: 40 hectáreas que contienen más de 3500 especies de plantas tropicales, repartidas en invernaderos y jardines.
Y para poner música, aquella que a Magdalena le gustaba que le cantara cuando era chiquita, y que va para mis más lindos capullos de alelí.
