
Nada retiene la última ilusión. Todo pasa, advertía, antes del diluvio, desde la esquina que mira hacia donde los recuerdos caen en camaralenta por la pendiente del nunca jamás. Pedía un arca, pero no había nadie del otro lado.
Con una piedrita que recogió cerca de las ruinas -y que tal vez eran clara anunciación-, escribió, no me dejes sola. Y lo repitió una y otra y otra vez. Ningún sonido salía. La palabra envejecía muda.
Aturde la sirena y anuncia la partida. Quieta, mira hacia adentro: ha aprendido que es su mejor compañía. Afuera, un océano infinito marca el límite que ya no habrá de cruzar.
Para ella no hay partida.
Hasta acá llegó la odisea.
El barco se aleja, mientras ella jura, haciendo cruz con el índice en su boca, que jamás volverá a nombrar a Ítaca. Porque hay territorios que no se conquistan, porque hay que saber aceptar la derrota, porque hay lugares que nunca podrá habitar.
Fin y lloro.
Con una piedrita que recogió cerca de las ruinas -y que tal vez eran clara anunciación-, escribió, no me dejes sola. Y lo repitió una y otra y otra vez. Ningún sonido salía. La palabra envejecía muda.
Aturde la sirena y anuncia la partida. Quieta, mira hacia adentro: ha aprendido que es su mejor compañía. Afuera, un océano infinito marca el límite que ya no habrá de cruzar.
Para ella no hay partida.
Hasta acá llegó la odisea.
El barco se aleja, mientras ella jura, haciendo cruz con el índice en su boca, que jamás volverá a nombrar a Ítaca. Porque hay territorios que no se conquistan, porque hay que saber aceptar la derrota, porque hay lugares que nunca podrá habitar.
Fin y lloro.

